17 enero 2011 Crónicas, Dakar

NasserAlAttiyah

El Dakar 2011 ya es historia. El raid más duro, espectacular y peligroso del mundo se despidió hasta el año que viene. Fueron casi 10.000 kilómetros en donde los pilotos entablaron una dura lucha con los elementos mecánicos, con los hermosos pero infranqueables terrenos, con los adversarios, pero sobre todo, con sus propios talentos y sus capacidades físicas. La última etapa se inició en la ciudad de Córdoba, punto de partida del enlace hasta la ciudad de San Nicolás, donde se largó la última etapa cronometrada hasta la ciudad de Baradero.

La transmisión televisiva oficial del evento mostró muy poco de los últimos metros de la competencia. Recta de Meta, tal como lo había hecho el 1 de enero en la primera etapa, esta vez estuvo presente en la parte final del Dakar 2011. Esta es la crónica que nos envió desde la Argentina nuestro colaborador, el mismo amigo que nos relatara aquel inicio.

La organización del Dakar tenía reservada una sorpresa para quienes no conocieran el escenario de los últimos metros de la carrera: un exigente, estrecho e intrincado circuito de motocross, enclavado en el autódromo de Baradero, recostado en la ribera de un atractivo río y enmarcado por empinadas barrancas que son aprovechadas como tribunas naturales. Llegamos muy temprano a la mañana y después de estacionar nuestro vehículo en la zona reservada, caminamos unos 500 metros e ingresamos hasta detenernos a observar el nervioso palpitar del último campamento, uno de los tantos que fueron instalándose en los más variados lugares de Chile y Argentina.

La cálida mañana presagiaba un día insoportable. Sin embargo, no nos dejamos seducir por la sombra de los árboles y elegimos un lugar estratégico, bajo el mortificante sol. Nos acomodamos a unos 50 metros de la última curva cronometrada del mítico rally y separados por menos de 15 metros de la recta de meta. Si bien no observábamos la línea de llegada, teníamos una vista panorámica de casi todo el circuito, del río Baradero y de su paisaje y de la calle por donde llegaban los rugientes motores.

Varias horas después, las expectativas crecían al mismo ritmo de los espectadores que llegaban a cientos, desplegando el colorido de sus sombrillas y de sus banderas, mientras los helicópteros sobrevolaban y se suspendían en el aire sobre nuestras cabezas. Justo al mediodía, cuando el calor ya era intolerable, una nube de polvo, allá a lo lejos, anunciaba la veloz llegada del primer participante.

Marc Coma ingresó al circuito como si a esa altura de los acontecimientos los segundos valieran. Aceleró, derrapó y saltó como si fuera su primera vez. Allí estaba el carismático español, envuelto por la tierra, encarando la última curva cuando escuchó la ovación e, increíblemente, giró su cabeza hacia atrás y saludó como si hubiese reconocido a un viejo amigo. Pasó frente a nosotros sosteniendo su brazo en alto, mientras se aprestaba para el último salto que lo llevaría directamente al triunfo; a la gloria. La gente deliraba de alegría.

Las motos seguían llegando y, eventualmente, algunos pilotos, aportaban la cuota de emoción cuando seguían compitiendo y sobrepasándose los unos a los otros hasta los últimos centímetros. Luego aparecieron los quads y cuando los espectadores divisaron a Alejandro Patronelli, el argentino ganador del Dakar, estallaron en la segunda gran ovación de la tarde.

La tensión seguía en aumento, cuando la delatora polvareda de la calle exterior, más densa y más alta que nunca, anunció el arribo de los coches. ¿Cómo harían semejantes vehículos para recorrer los pequeños y enmarañados caminos del circuito? Enseguida, Carlos Sainz, con su legendario talento, despejaría todas las dudas. Aceleró como siempre y condujo su Volkswagen Touareg como si se tratara de un minúsculo karting. En ese mismo momento, se acercaba el instante culminante de la jornada: metros más adelante del madrileño, dos motos rezagadas se movían penosamente y justo cuando dibujaban la última curva, observaron desesperados la cercanía de la rugiente sombra azul. ¿Qué podría ocurrir en tan estrecha senda? Lo que nadie imaginaba: justo frente a nosotros, Sainz, en una maniobra para el recuerdo eterno, esquivó y sobrepasó a los atónitos motociclistas, casi al mismo tiempo que culminaba su brillante desempeño. La gente pareció enloquecer y brindó el griterío más grande del día.

Tres minutos después, apareció De Villiers. Segundos más tarde se asomó el triunfador, el otro gran carismático, el que a partir de ahora también se ganó el corazón de los argentinos: el príncipe Al-Attiyah. El representante de qatar fue saludado con pasión, aplaudido hasta el dolor de manos y ovacionado hasta el cansancio.

Ya quedaba poco para ver, pero la expectativa no diminuía. En efecto: nadie se sintió defraudado porque, allá a lo lejos, se aproximaba una especie de tornado de polvo. El camión del ruso Chagin venía a una velocidad inusitada. Parecía una película de ciencia ficción. Un monstruo rugiente a punto de desatar el descontrol. No dudábamos que recorrería el circuito a paso de carreta; sin embargo nos equivocamos: más que un camión era vendaval que parecía querer destruir el circuito, aplanar las lomadas y enderezar las curvar. Exagerando, su inexplicable maniobrabilidad era comparable a la de un Fórmula 1. Su ensordecedora y excitante bocina sonaba frente a cada saludo de cada persona. Así, rítmicamente, el resto de los camiones terminaron de llegar con la misma espectacularidad.

Los últimos aplausos se los llevaron los rezagados, que haciendo gala de su orgullo y perseverancia llegaban casi arrastrándose. Como el gran chileno Chaleco López, que pasó remolcado por varios de sus colegas en un desesperado esfuerzo por mantener el tercer puesto perdido unas decenas de kilómetros atrás. O el alemán Kahle, que seguía acelerando su Buggy a pesar de que su rueda trasera estaba destruida. O de un coche, al que no pudimos identificar, que pasó lentamente, con su llanta pelada, sin ningún recuerdo del caucho perdido en algún lugar. O como tantos otros, casi anónimos, para quienes sus triunfos consistían en llegar.

Mientras nuestros cuerpos quemados por el sol y flagelados por la tierra se retiraban del autódromo, nos detuvimos algunos minutos en el campamento para observar la partida final de los últimos coches y de los camiones hacia Buenos Aires, punto final de la interminable aventura. Representando a Recta de Meta, tuvimos el privilegio de presenciar, en ese pequeño, complejo e insólito trazado, un breve resumen de varias de las alternativas que se desarrollaron a lo largo de los casi 10.000 kilómetros de competencia. Un desafío reservado para unos pocos valientes talentosos. Un espectáculo único en el mundo. El Dakar 2011 es el gran evento seguido por millones de espectadores y Recta de Meta tuvo el privilegio de vivirlo en directo en el lugar de los hechos.

A continuación os dejamos algunos fotos más del evento y agradecemos a Luis G. que nos las haya enviado junto su crónica para que todos los que no tuvimos su suerte de poder ver pasar a la caravana del Dakar lo sintamos algo más cerca:


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