19 junio 2017 Industria

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La preocupación de los fabricantes de automóviles por el descenso que han experimentado las ventas de vehículos diésel va en aumento. Los consumidores son cada vez más reacios a adquirir un coche de gasóleo por las posibles restricciones que serán aplicadas a esta clase de vehículos en el futuro (Munich la última ciudad en planteárselo) – entrada a las ciudades por ejemplo –, e incluso por el miedo a que su coche introduzca un dispositivo de emisiones fraudulento; en cuyo caso podría haber ciertas prestaciones – consumo – que no se adecuarían a lo que el cliente esperaba en el momento de la compra.

Las coches diésel se venden menos en Europa, es un hecho. En el primer trimestre de 2016, los vehículos de gasóleo representaban algo más del 50% de las ventas totales en el viejo continente. En el mismo periodo de este año el porcentaje se ha reducido hasta el 46%.

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El uso del coche en las ciudades es uno de los mayores enemigos de los diésel. Cada vez son más las poblaciones que quieren limitar la entrada de esta clase de vehículos a sus calles o al menos imponerles tasas de circulación prohibitivas (Londres llevará a cabo una acción de este tipo en octubre). Además, las estrictas normativas de emisiones obligan a las marcas a realizar cada vez más cambios en sus motores de gasóleo, lo que en muchos casos compromete su rentabilidad.

¿Cuál es el problema real al que tiene que hacer frente los fabricantes de coches? Su alta dependencia a esta clase de coches. Según los analistas de mercado de JATO Dynamics, los vehículos diésel representan un 71% de las ventas totales en BMW. Un cifra que aún es mayor en el caso de Volvo (80%) y en el de Land Rover, una firma que prácticamente no vende coches con motores de gasolina, no digamos ya electrificados.

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