15 febrero 2018 Industria

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A finales del pasado siglo, los motores de inyección directa de gasóleo impusieron su ley. Menores consumos; prestaciones prácticamente iguales, cuando no superiores; mayor agrado de conducción; sensaciones cada vez más deportivas… los modernos diesel cautivaron a los automovilistas en todo el mundo. La inyección directa les catapultó a lo alto de las listas de los más vendidos y la combinación con los avances en turboalimentación les consagró y consolidó en el reino automóvil. Nada parecía que iba a poner en entredicho el reinado del diesel, pero —como dice el dicho— por el humo se sabe dónde está el fuego.

Las emisiones han resultado ser finalmente el talón de Aquiles de los vehículos diesel. Poco importa ya que los modernos Euro6 hayan doblegado las emisiones y las hayan situado por debajo de los estrictos nuevos límites de emisiones fijados actualmente para todo tipo de partículas y hollines. La herida está abierta y sangra abundantemente.

Y de igual modo que los TDI (apócope que inicialmente servía para identificar a todos los diesel de inyección directa hasta que el Grupo Volkswagen inteligentemente comercialmente se lo apropió) fueron las siglas que inicialmente popularizaron y elevaron a sus máximos el fenómeno diesel, los TDI (esta vez ya relacionados directamente con el grupo VAG) también han sido las que más han contribuido a darle la puntilla.

La Administración contra los diésel

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El automóvil es responsable directo de tan sólo el 20 por ciento de los gases contaminantes que se concentran en las ciudadesEl escándalo del fraude detectado en las emisiones de los motores diesel abrió la puerta a los detractores de los motores de gasóleo y puso el punto de mira sobre este tipo de mecánicas, olvidando por completo que los motores diesel más modernos cumplen con todos los requisitos para poder ser comercializados y utilizados sin ningún tipo de problemas. Una puerta que ha servido de acceso para que en su lucha contra la contaminación, los ayuntamientos y corporaciones municipales hayan cogido al coche y su utilización como principal responsable de los elevados índices de polución que se están dando en las grandes concentraciones urbanas, olvidándose por completo del resto de agentes contaminantes en sus planes de actuación.

Poco importa ya que el automóvil sea responsable directo de tan sólo el 20 por ciento de los gases contaminantes que se concentran en las ciudades y de que, curiosamente, los peores episodios de contaminación en las mismas se concentren entre los meses de noviembre y abril. Los responsables de la contaminación son, parece que en exclusiva, los motores diesel.

Gracias a los modernos catalizadores, a los filtros de partículas y a sistemas de limpieza como los que proporciona la tecnología Adblue, los propulsores de gasóleo de los automóviles han controlado los niveles de emisiones. ¿Han hecho lo mismo las calderas de gasóleo de las calefacciones de los edificios de las ciudades? ¿Y las mecánicas de las industrias? Nadie habla de ello, pero si los medios de transporte son responsables del 25 por ciento del volumen total de emisiones en una ciudad, ¿quién está actuando sobre el 75 por ciento restante?

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Los ayuntamientos de ciudades como Madrid y Barcelona están poniendo en marcha importantes medidas restrictivas para el uso de los motores diesel en particular y del automóvil en general por sus calles basándose en el escándalo de las emisiones y culpabilizando a los motores diesel de todos sus males. Su lucha pasa más por prohibir que por renovar el parque circulante de estos motores. En lugar de generar políticas activas que permitan rejuvenecer el parque achatarrando los viejos motores diesel e incentivando la compra de nuevos coches con motores más limpios, todo pasa por recortar espacios al automóvil y a su uso. La solución está en bajar la edad media de los automóviles que se usan, no en prohibir el uso de los mismos.

Crecen los motores gasolina, bajan los diésel; los eléctricos no suben tanto

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Y el resultado de todo lo comentado está produciendo un hecho insólito en las matriculaciones de coches nuevos. Por primera vez en lo que llevamos de siglo, las ventas de vehículos diesel ya no superan a las de los modelos con motores de gasolina. Una tendencia que el conjunto de los mercados europeos se está produciendo de manera más progresiva que en el mercado español, donde las diferencias y los descenso son bastante más acusados. Somos un país de excesos y, de igual manera que los diesel dominaron más fuertemente el mercado que en el resto de países europeos, su caida está siendo mas acusada que en los países de nuestro entorno (ver gráficos).

En los últimos 5 años, las matriculaciones de vehículos diesel en Europa han visto reducida su cuota de mercado en 10,9 puntos, mientras que en el mercado español la caída es de 27,1 puntos. Si en 2012 los diesel eran responsables del 54,9 por ciento de las matriculaciones de vehículos nuevos en Europa, en enero de 2018 lo son tan sólo del 44 por ciento. Y en España hemos pasado del 68,9 por ciento al 41,8 por ciento.

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Pero los efectos de los ataques a los diesel no están consiguiendo, al menos por el momento, los efectos beneficiosos que se persiguen. Curiosamente y pese a todo lo que se escribe y publica sobre los nuevos vehículos de energías alternativas, no son estos los que están beneficiándose de la caída del gasóleo entre las preferencias de los conductores, sino que estos están volviendo a mostrar su interés por las mecánicas de gasolina. Estas vuelven, después de quince años, a ser mayoritarias en las matriculaciones, situación que se prevé continúe de forma más acusada en los próximos años.

Y va para largo, porque según la encuesta realizada en el estudio Mazda Driver Project en los 11 principales mercados europeos, más del 60 por ciento de los conductores españoles y del 58 por ciento de los europeos considera que los motores que utilizan combustibles fósiles tienen todavía mucho recorrido porque “todavía quedan muchas innovaciones y mejoras por delante que aplicarles”. Es más, el 31 por ciento de los encuestados espera que los diesel continúen existiendo y el 33 por ciento afirma preferir a igualdad de coste un vehículo gasolina o diesel antes que uno eléctrico. Y la mayoría prefiere conducir, pues tan sólo el 33 por ciento quiere vehículos autónomos.

La tecnología desarrollada por la industria del automóvil consiguió eliminar los problemas generados por el plomo en los combustibles primero, por las emisiones CO2 de los motores gasolina después y finalmente por las emisiones de partículas y hollines en los diesel (como decimos reiteradamente, los modernos diesel ya cumplen sobradamente con los estrictos y reducidos niveles permitidos). Va siendo hora por tanto que las autoridades también actúen directa y contundentemente sobre el resto de los sectores contaminantes, al igual que lo hace sobre el automóvil. Todos saldremos ganando.

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